Drogas y música.

Suena más chido Music&Drugs pero hay que dejar los extranjerismos y adoptar una postura mas acorde con nuestra lengua madre sin llegar a los exceso del nacionalismo ni el chovinismo. Sin embargo, al hablar de drogas y música, tenemos que ser un poco malinchistas. No hay que escandalizarse, ni correr a rezar o hacer como que la virgen nos habla. Con la aparición accidental del LSD se abrieron todas Las puertas de la percepción como bien lo señala Aldous Huxley en su libro del mismo título, y comenzó la gran carrera que habría de dar vida a los seres supremos que hoy consideramos semidioses musicales. El “culpable” de la aparición de las drogas sintéticas fue Albert Hofmann que proveyó a los músicos e interpretes, de cortos y místicos viajes al alcance de una pastilla o en sus versiones inyectables o inhaladas.

        Por supuesto que antes de los años 60´s ya había buena música, excelente diría yo, pero algo contenida, protocolaria en algunos casos que contrastaba con otra rebelde, pero solo un poco, detonada por una atmósfera rancia de la postguerra. El rock&roll hace su aparición en los 50´s mezclando el ritmo country blanco con la música negra. La década de los 60´s es quizás la más significativa, la legalización de la píldora anticonceptiva, los movimientos por los derechos civiles, la minifalda, la aparición de las drogas sintéticas y la liberación de la sexualidad fueron los detonantes que generaron una contracultura, y tal vez la más genuina de todos los tiempos: los hippies. Comienza la era de las drogas, sexo y rock&roll.

       Sin el LSD, también llamado ácido, y las anfetaminas no hubieran existido la psicodelia ni los mundos alternativos. Claro está que las drogas ya existían desde los años 20´s pero su aparición sintetizada y su impacto en la música tiene su origen en la década hippie. Antes se usaban las drogas de forma experimental en tratamientos médicos relacionados con el sueño y otros psiquiátricos, trastornos alimenticios o fatiga, rehabilitación para el alcoholismo y sobredosis de drogas, ¡vaya contrariedad! Sin las drogas nos hubiéramos perdido del fantástico mundo de “Yellow submarine”, “Lucy in the sky diamonds” o Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Clun Band, de The Beatles.

        Es sano tratar de no ser moralistas, estamos en el siglo XXI. Hay quienes prefieren negar el pasado místico de algunos grandes músicos, como si hubieran hecho sus temas por generación espontánea tomando té de manzanilla y galletas de avena, y al hacerlo les negamos la virtuosidad de sus obras como resultado del consumo de las drogas. En la actualidad es tanto el estigma que pesa sobre el consumo de las drogas que son sinónimo de pecado y malos hábitos. Yo me pregunto si será ésa la razón por la qué los letristas sobrios y bien portados solo escriben canciones pueriles, melosas, llenas de lugares comunes y bastante malas. No estoy incitando al consumo de las drogas, pero qué mal viaje. La música de hoy es horrible en general. Y no horrible como una periferia estética sino en la forma y el contenido, sí, bastante feítas. Usted puede estar o no de acuerdo con mi postura y tiene derecho, pero no se queje conmigo, vaya a la Sociedad de Autores y Compositores, y extienda su queja con un disco de Bob Dylan en la mano y en la otra un churro.

        Un David Bowie libre de drogas no es como una Jenni Rivera sin alcohol, la comparación es alargar por mucho el alcoholismo de ella y el arte de él. La difunta Rivera era solo una borracha y mala cantante, y la versión cutre de otra más cutre, Paquita la del Barrio; pero no imagino a Bowie sin la psicodelia como tampoco al “Rey lagarto”, Jim Morrison, sin LSD ni “Strange days”. El mundo de las drogas no significa siempre un camino a la soledad, también es la puerta a los sentidos. Tres mujeres de diferentes épocas unidas bajo un mundo álgido y lúdico: Janis Joplin, Whitney Houston y Amy Winehouse. Por otro lado, detesto la comparación entre Woodstook y Avándaro. Un movimiento hippie contracultural con un contenido profundo a cerca del amor y la construcción de un mundo feliz y por el otro, el de Valle de Bravo, un festival de niños bien mezclados con la turba creyéndose artistas y fervientes adoradores de la diosa marihuana.

        Obviamente no se compara Hair, el musical, con la versión mexicana de Los Shakes (muchos grupos mexicanos adoptando títulos anglosajones), ni Jimy Hendrix con los Dug Dug´s, tampoco The Who con Three Souls in my Mind (después llamados El Tri), mucho menos Joan Baez con Mayita Campos o Joe Cocker con Alex Lora… ¡Vaya comparaciones! Todos consumían drogas pero unos hacían arte y otros, el ridículo. Aunque había sus excepciones mexicanas de las cuales no recuerdo ninguna. Tal vez sea porqué mi gusto me impide dar crédito a las simulaciones. Buenos artistas que han llegado a nuestra época ya como una nostálgica visión de otras más temerarias: Keith Richards, Mike Jagger, Iggy Pop, Erick Clapton, Kurt Cobain, Michael Jackson…

        Hubo toda una generación de músicos “malditos”, como aquella también de poetas, que nos legaron obras de incalculable valor estético. No hubieran sido los monstruos que son ahora sin una buena dosis de alucinógenos y demás fetiches modernos. Sigo siendo parte de un público que se quedó atrapado en otros tiempos, que tampoco fueron los míos pero siguen endulzando mis oídos. Incrédulo de los nuevos géneros y apático ante las nuevas “estrellitas” de cartón y mediáticas. También mi gusto malintencionado y vintage se aplica a casi todas las artes. No me gustan los autores literarios actuales, ni el postmodernismo. Dicen mis amigos que anhelo morir en un viaje, tal vez, pero que sea con un libro de Virginia Woolf o Kafka bajo el brazo y escuchando “A Little Help from my Friends” mientras mi mente repite He loves me, he loves me not… y coronado con flores in the middle of nowhere… Tal vez persiguiendo un conejo blanco.

 

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