El Johnny era un espectro que nos despertaba algo de temor porque era impredecible y violento, pero también porque podríamos parecernos a él (y ahí la llevo), pero en el fondo también le admirábamos la entrega total de su raquítica vida al rocanrol.

Nosotros teníamos doce o trece, él probablemente unos cuarenta, no sabemos de dónde salió, cómo se convirtió en lo que era, ni qué fue de su vida, si vive o muere. Sujeto esmirriado, flaco y madreado como un lápiz mordido, pelo medio largo y mugroso, algún tatuaje mal hecho ya verdeando en el brazo, chaleco de cuero sin camisa, en la cabeza a veces boina y otras paliacate, y a la espalda la guitarra con el peor tren de vida de este mundo, con decenas de estampas viejas, hoyos y golpes pegados con cinta, siempre chimuela de cuerdas.

Y es que no era solamente una guitarra, sino también un marro de pelea porque el Johnny tenía por costumbre agarrar a guitarrazos a quien se la hiciera de tos antes de irse a los trancasos, como si fuera un tiro de mosquete antes de sacar el sable, era el D’artagnan más enjuto de la existencia. Ahora que lo pienso esa pobre guitarra de aguacate también pudo haber sido destapador, almohada y piedra espanta perros. Y morral, porque acabo de recordar que una vez sacó medio aguacate de la boca del instrumento, estábamos en un billar, y Johhny dijo “ya llegó la botana” con su voz aguardientosa como si por ella hubiera pasado arena durante años, como si un demonio le hubiera rayado la garganta con una piedra.

Él era parte del paisaje de mi pueblo, y había solamente una serie determinada de formas en las que se le podía ver: tirado de ebrio, cantando alguna rola de los rolings o los cridens, consiguiendo comida, agarrándose a chingadazos con algún valedor genérico, o simplemente caminando rumbo a hacer alguna de las tres cosas anteriores.

Errático en sus rumbos para recorrer lo mismo que para hablar. Porque hablaba poco, pero cuando lo hacía era con tanta familiaridad que parecía que ya llevaba un buen rato sin cerrar el pico antes de decir la frase que aventó.

Silencio, siempre en silencio para no infringir su frágil paz, atesorábamos sus frases para después repetirlas anecdóticamente y riendo, incapaces creo de percibir la enorme oscuridad en ellas. No sé porqué nunca había escrito de él, o del Yerbas, pero esa es otra historia.

Un día cerca de Soria nos encontramos con el Johnny, que nunca se había dirigido a nosotros pero esa vez lo hizo: “Muchachos, estudien, prepárensen, quiero que sean licenciados o doctores, no sean como yo, que cambié mi vida por un pedazo de chorizo. ¡Ah, allá va el negro! ¡Negrooo! ¡Negrooo!”, y se fue, con su pedazo de chorizo en la mano, corriendo hacia la carretera, donde no estaba ningún negro, no había nadie, absolutamente nadie.

Otro día, en ese mismo sitio, le contábamos esa historia a unas muchachas, haciendo la dramatización, solamente que cuando grité ¡Negro! Y miré hacia la carretera sí había alguien, un cholo enorme muy ofendido del cual huimos deshonrrosamente pero riéndonos, no hallándonos capaces de desarrollar un clima de diálogo para explicarle la alegre como desafortunada coincidencia y temiendo el impacto de nuestra cara en su manopla que ya había sacado caminando a paso seguro en nuestra dirección.

Johnny, siempre te recordaré con tu corona familiar brillando al atardecer en el cerro, afuera de la casa de mi abuela mientras otros borrachos me permitían verlos jugar baraja, casi te puedo escuchar ahí de pie sobre una piedra: “¡pleased to meet youuu, hope you guess myyyy name!”.

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