Tengo tantos años leyendo la pudrición del país a fuerza de escudriñar periódicos locales, nacionales e internacionales como si fuera oficiante de una horrible religión que la profesión me exige, y nunca, nunca había visto un caso tan patógeno como el de Celaya.

No Serbia, no Irak, no Gaza, no. No les alcanza. Allá existen bandos y por lo menos sabes que después de una matazón alguien en otro lado festeja o a caso pretende hacerlo, pero aquí no, esa es la enorme diferencia, aquí nadie festeja, los sobrevivientes entristecemos y los perpetradores cobran su (al paso de los años) decreciente morralla, aquí nadie le hace verbena al plomo.

Los días y su letalidad se han arremolinado el último mes. La cantidad de personas en las marchas y el número de cadáveres han ido incrementándose de forma acelerada y sin antecedente. Hay quienes anuncian formas primitivas de autodefensa lo mismo que innumerables cadenas de oración, en medio de una ciudad donde los negocios no dejan de cerrar, grandes como una automotriz o chicos como tortillerías; la gente ha dejado de salir a las calles casi vacías desde las seis de la tarde.

En medio de todas esas condicionales las personas buscan seguir su vida, más allá de la negación, sí cercanos a la resignación, a la costumbre. A veces esto me parece muy triste, y otras pocas es muy esperanzador porque permite momentos iridiscentes en medio del caos, como una involuntaria forma de resistencia colectiva.

Antes de la última marcha con 12 mil personas en cifra conservadora, es decir el 25% del electorado de la ciudad suponiendo que todos las y los asistentes serían mayores de edad a más tardar el año entrante (https://ieeg.mx/documentos/datos-lista-nominal-padron-electoral-020318-xlsx/), sucedió lo que voy a narrar: Mi Banda El Mexicano. Y algunos días después lo otro que también voy a narrar: Luzbel.

No, no era la de Casimiro, pero era un grupo de igual nombre e igual repertorio en un gran escenario al aire libre, y la verdad a la gente del barrio de San Miguel no le interesan las deidades hipsters.

Era su fiesta. La peregrinación con el ángel vengador pasó afuera del bar donde yo alegremente libaba, y donde se corría el rumor de que en el barrio a pocas calles en unas horas, de simbólicas espaldas al Sanborns, iban a retumbar Mary la Orgullosa y La Bota. Me fui a seguirlos.

Ahí había un olor bien cabrón a aceite requemado con chile, porque las enchiladas rifan como emblema gastronómico de fiesta, lo mismo que los juegos mecánicos repletos de niños prietos y felices como yo lo fui, trepado en esos fierros con pintura con grumos, aparatos sin patente movidos por un motor vaya usted a saber en qué estado.

A babor y entribor una muy considerable población de beodos de cuya lista anónima mi huella dactilar mal puesta formaba parte, riéndose de chistes que se llevó alguna cumbia ensordecedora o durmiendo el sueño de los justos porque el que bebe duerme y el que duerme no peca.

Por todos lados luces, por todos lados parejas caminando de cucharita, llévelo jefe la bocina con luces el cargador para el celular, atínale a tres globos y llévate la virgencita de barro de alcancía, señoras riéndose de cosas que pasan mientras cobran o sirven gorditas, más niños, más borrachos, cohetes que todos afuera de esta burbuja de santidad no sabrán si son eso o balazos, más niños, churros preparados, buñuelos y todo lo que cabría en una canción de un nostálgico Chava Flores.

No hubieran visto ¡Hubieran escuchado! Porque hasta los ciegos sonrieron cuando sonaron los primeros acordes de Ramito de violetas. ¡Chan, cha-cha chachán! Gritos eufóricos a los que aquellos otros que escuché en el GNP, el último festival al que fui, se la pelan.

Luego la primera manifestación, luego la segunda marcha, luego más muertos más los que se acumulen en el tiempo que podrá pasar entre que leas esto y que lo lea alguien con quien lo compartas. Ad hoc, luego Luzbel.

Aquel que habría sido vencido por el señor San Miguel, el príncipe de las tinieblas, la banda más importante del metal mexicano, estuvo en el Foro Propositivo La Revuelta.

De muy chico hubiera matado o muerto por poder ir y por que me dejaran entrar, pero hoy estaba ahí, señorial pero sumiso ante su alteza demoniaca, en un concierto de poca asistencia pero que llevaré por siempre en el alma precisamente por eso, como un elegido de pocos, como un iniciado de pocos, como un lujo para pocos. Gracias, Flaco.

Sonaron enormes, sonaron como si una deidad me estuviera metiendo sus lisérgicos dedotes por las orejas y yo lo disfruté hasta que se me salieron los sesos en este texto que te está salpicando los ojos.

Hablo de estos dos eventos como hay otros, y que son pequeños puntos luminosos en medio de la tormenta más opaca y cerrada que ha vivido esta ciudad.

Pequeñas ciudades momentáneas dentro de la misma urbe que se abren al azar donde el ciclón lo permite, y siempre, siempre aprovecharé para decir que soy de ahí, aprovecharé para anclarme las dos horas que duran cuando mucho, porque sé que lo necesitaré cuando me esté llevando la tristeza, leyendo los periódicos.

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